¿Cuántas veces soñamos de pequeños entrar en alguno de los videojuegos que teníamos en casa? ¿O en alguna de las máquinas que había en los salones recreativos? Durante los años y principios de los 90, antes de entrar a clase por la tarde, solía echar unas partidas en lo que nosotros llamábamos “El Templo”. Pasillo estrecho, máquinas a un lado y otro, luces multicolor, sonidos y, sobretodo, muchas emociones.

En las pantallas, gran variedad de juegos… Out Run, Street Fighter, Pac Man,… Y un solo objetivo… poner nuestro nombre el primero de la lista. Ser el mejor, superar nuestro récord personal e, incluso, acabar el juego.

Aquellos videojuegos parecían la bomba. Ahora los miramos con cariño pero somos conscientes que no se pueden comparar con los actuales. Aquellos juegos eran una sucesión de pixels, de cuadrados enormes con colores limitados. Con movimientos prestablecidos que, con el paso del tiempo, lograbas hacer de memoria; casi sin mirar. Pero ese era nuestro mundo y éramos felices así.

Pixels es una película que te transporta a esa época. La primera conclusión que se puede sacar después de verla es contundente: la película es mala de narices. Es una americanada más sin ton ni son que, además, contiene una historia de amor (totalmente innecesaria) que acaba bien: el chico acaba con la rubia. ¿Os suena? Un clásico que ya huele mal y que para nada se corresponde con la realidad.

Vamos a lo más interesante de Píxels: el regreso al pasado, las emociones y los recuerdos. Los protagonistas requerirán de sus habilidades en juegos clásicos como Pac Man y Donkey Kong para vencer a los ataques de esos mismos juegos. ¡Sí! ¡Se cumple el sueño de esos gamers! Se enfrentan a sus juegos de la infancia a tamaño real, en la realidad. Con unas armas preparadas para eliminar pixels, libran batallas contra aquellos bichos que, 30 años antes, estaban dentro las máquinas. Hasta que llegan los dos grandes. Las calles de Nueva York se convierten en un gran laberinto del famoso comecocos. Finalmente, Washington es una batalla campal que acaba con una gran partida para salvar la tierra: hay que eliminar al gorila lanza barriles. En ese momento me vienen a la cabeza las emociones, la tensión, la rabia, la pena y las alegrías que, en aquel pasillo estrecho, viví. Ya me hubiese gustado jugar en 3D al Pac Man desde dentro corriendo por los pasillos del laberinto o averiguar qué contenían los famosos barriles…

En fin, que retrocedí casi 30 años en mi vida. Y pensé… ¡Bua! Para esto sí ha valido la pena. Y también porque mi hijo descubrió cómo eran los juegos que yo disfruté de pequeño.

Pixels

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Ni sonyer, ni xboxer, ni gamer, ni ná! ¿Qué soy? ¿Qué seré?...

3 Comentarios

  1. Leyendo tu artículo me he acordado que ya tengo mis 35 años, y que en mi época iba de vez en cuando (aunque a mi padre no le hacía precisamente gracia) a un recreativo de la localidad en la que vivía por aquel entonces. Íbamos unos cuantos amigos, jugábamos un par de partidas (a 25 pesetas la partida), veíamos un poco a la gente “viciada”, y a dar una vuelta a tomar nuestros helados.

    Recuerdo especialmente el Captain Commando y el Dungeons & Dragons, además del ya citado Street Fighter II. Por aquel entonces era impensable que una consola pudiera albergar juegos así, pero con PS1 los recreativos prácticamente murieron.

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  2. Los recreativos dan para un artículo, o para cien. Menuda fauna albergaban los recreativos tiraos (nada de los familiares y polite New Park). El gran Pedro Vera lo resume en unas cuantas viñetas:

    http://pedroveraoyp.blogspot.com.es/2012/09/recuerdos-de-los-recreativos.html?m=1

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    • Qué grandes las viñetas! Muy acorde a la época a la que se refiere el artículo!

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